28 de junio. Día Internacional del Orgullo LGTB
Este día del orgullo para mi es muy diferente, lejos de mis redes de apoyo, de mi familia de mis amigxs, de mis compxs de lucha, del amor, pero sobre todo lejos de mi territorio por el que muchos años luche, grite, confronte y defendí. A veces siento que mi vida ha sido una larga caminata entre sombras. Crecí en un lugar donde muchas veces aprendí primero a esconderme antes que a existir. Ser una mujer diversa salvadoreña no solo ha significado descubrir quién soy, sino sobrevivir al miedo de que el mundo me castigara por ello. Desde pequeña entendí que había algo dentro de mí que no coincidía con lo que los demás esperaban, y durante años cargué ese silencio como si fuera una culpa.
He llorado frente al espejo preguntándome por qué tuve que nacer en una sociedad donde ser auténtica parece un acto de valentía extrema. He sentido el rechazo disfrazado de consejos, las miradas que pesan más que las palabras y la soledad que llega cuando incluso algunas personas que amas no logran entenderte. Pero también he descubierto algo poderoso: nadie conoce el dolor de luchar por existir mejor que alguien que ha tenido que reconstruirse desde las ruinas de sí misma.
Ser salvadoreña también vive dentro de mí como una mezcla de nostalgia y resistencia. Llevo en el corazón las calles calientes, el olor a café, las pupusas compartidas en familia, las canciones viejas sonando en una radio lejana. Y duele pensar que muchas veces mi propia tierra no ha sabido abrazarme completa. Aun así, sigo amándola, porque una nunca deja de amar el lugar donde aprendió a sentir, aunque ese lugar también le haya roto el alma.
He tenido miedo, muchísimo miedo. Miedo de no encontrar trabajo, de caminar sola de noche, de que mi identidad se convierta en motivo de violencia. Pero también he sentido orgullo. Orgullo de cada paso que di cuando pensé que ya no podía más. Orgullo de mirarme un día y reconocerme por fin. Porque ser trans no me hace menos mujer; me hace una mujer que tuvo que luchar el doble para poder nombrarse a sí misma sin miedo.
A veces quisiera abrazar a la niña que fui y decirle que un día dejará de pedir perdón por tan solo vivir. Que sí, habrá heridas profundas, pero también habrá personas que la amarán sinceramente. Que su feminidad no necesita permiso. Que su voz merece ser escuchada. Y que, aunque el camino sea duro, llegará el momento en que podrá respirar y sentirse libre, aunque sea por pequeños instantes.
Hoy entiendo que mi vida no es una tragedia. Es una historia de resistencia, de identidad y de amor propio construido lentamente entre golpes y dolor. Soy una mujer trans salvadoreña. Pero quiero que mi país sepa algo: no pudieron cambiarme. Podrán haberme hecho llorar, sentir miedo o caminar lejos de mi tierra, pero jamás arrancarán de mí la esencia de quien soy. Sigo siendo la misma mujer noble, fuerte, soñadora, orgullosa, sensible, llena de amor por mis raíces y profundamente humana.
– Reflexión personal y política de una mujer trans exiliada-
